Vivimos en la sociedad del entretenimiento, la distracción y como una constante sobre estimulación, embotamiento de nuestros sentidos, conectados en esa hiperactividad a través de noticias de todo tipo y redes sociales.
Notamos como una especie de incesante movimiento de nuestros pensamientos, como que aunque quisiéramos pararlos, distanciarnos de ellos no podemos, y constantemente estamos lanzando escenarios hacia el futuro o nos conectamos con imágenes, muchas veces erráticas, de nuestro pasado.
En estas condicionantes es muy desafiante desarrollar un “pensamiento de calidad”, “un pensamiento propio”, porque desde aquí, tendemos a adoptar acríticamente todo aquello que nos gusta, nos hace sentir bien, también en el mundo intelectual: pensar emotivista.
Por lógica, hemos de separarnos de esta dinámica ya que sólo en un clima de silencio y retirada interior, podremos estar en condiciones de pensar acerca de las cosas, crear criterios propios, discriminar las actividades, contenidos, que estén alineados con aquello que yo quiero en mi vida, con los valores que he decido cultivar para que dén un sentido.
Estamos convencidos que mantenemos unas opiniones, unos puntos de vista, que creemos propios, pero que realmente no los pensamos. Hacemos lo que se supone que debemos de hacer, haciendo lo que creemos que los demás esperan de nosotros..
Hay una forma de operar a través de interrogantes que puedo abrir acerca de la cuestión con la que en ese momento me esté relacionando: ¿Que?, ¿Cómo?, ¿Porqué?, ¿Para qué?, ¿A quien?, ¿Donde?, ¿Cuando?. No se trata sólo de consumir la cosa en concreto, sino de plantear interrogantes, que me hacen sensibilizarme, y poder decidir, si eso lo acepto, lo incorporo, lo rechazo, lo reflexiono, lo dejo ir…
Si “desatasco mis sentidos”, aprendo a escucharme a mi mismo sin huir (aunque puede resultarme incómodo), podré ver realmente aquello que estoy mirando.




