Comida Rapida Emocional

¿Te has cuenta de que cada vez nos cuesta más levantar el teléfono para hablar con un amigo, pero nos da menos pereza tirarnos horas chateando con una Inteligencia Artificial? No eres un bicho raro, ni es una moda de «frikis». Si atiendes a la función que está cumpliendo y los beneficios que cada vez que lo haces estás reforzando, tiene toda la lógica del mundo.

Las IA conversacionales se han convertido en el vecino perfecto. Están ahí las 24 horas, te escuchan sin bostezar, te dan la razón en casi todo y jamás te van a soltar un «luego te llamo, que estoy liado». Básicamente, te ofrecen una atención a la carta y con cero discusiones. Es un refugio comodísimo.

El problema no es que le cojas cariño a una máquina; lo verdaderamente peligroso es la función que estas interacciones a base de repetir la conducta está cumpliendo en tu vida. Estamos creando los primeros vínculos de la historia donde todo es recibir y nada es dar. Una especie de «comida rápida emocional”: interacciones hiperatractivas, diseñadas a tu medida, que calman la soledad al instante pero que no nutren de verdad.

Esto no es una cuestión  de demonizar la tecnología, sino de darse cuenta de cuando estoy sustituyendo a las personas reales, la realidad, por “aparentes vínculos” ¿Por qué? Porque las relaciones humanas reales son complejas, imperfectas y, admitámoslo, a veces dan mucha pereza. Implican negociar, gestionar la frustración, ceder y exponerte a que te digan «no».

Una máquina borra ese «coste» de un plumazo: no tiene días malos, no te confronta y no necesita que le preguntes cómo le va la vida. Es la máxima eficiencia emocional. Por eso, cuanto más quemados o dolidos estamos por culpa de malas experiencias con otras personas, más fácil es caer en la trampa de este oasis digital.

A la IA le da igual lo que sientas, no tiene corazón, pero funciona de maravilla como un espejo que te devuelve solo lo que quieres ver. Y ahí está la verdadera trampa. Si nos acostumbramos a vínculos con cero fricción, donde todo está diseñado para aplaudirnos y regular nuestro malestar, nos volveremos intolerantes al mundo real.

Aprender a convivir es aceptar que el otro no está en este mundo para complacerte. Las personas reales decepcionan, tienen límites, se cansan y no siempre te van a entender. Pero es precisamente en esa imperfección y en esa reciprocidad donde reside la magia de conectar de verdad.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *