La exposición diaria en la convivencia puede conducir a que a las personas que tenemos más cerca le brindemos en las formas, en el cómo lo gestionamos,  un trato mucho más neutro o incluso distante, que a personas con las que ni de lejos tengo esa intimidad.

Es muy probable que sea más educado con el repartidor de Amazon (y no digo que no tengas que serlo) que con mi padre, quizás más paciente con el compañero de trabajo que con mi pareja o más amable con el camarero que con mis propios hijos.

Con desconocidos hay mucho condicionamiento, presión social para quedar bien, causar buena impresión. Con la familia en el fondo existe esa “confianza mal entendida” que total, no tengo que cuidar las formas, porque “ellos me van a querer igual”

Mezclo como justificación que “estoy agotado” para sostener este trato diferenciado, como si al llegar a casa, me retirase la máscara con la que he ido gestionando el día.

La confianza mal entendida genera descuidos, abandono los “detalles”, salto los límites del otro, me permito libertades y decidir por el otro, sin tenerlo en cuenta.

Y esto tiene un coste, y unas consecuencias:

  • Mis propios hijos crecen sintiendo que los desconocidos reciben mejor trato que ellos.
  • Mi  pareja puede llegar a sentirse menos valorada que los compañeros de trabajo
  • Las personas más próximas añorar el trato que les brindaba cuando aún no habían entrado a formar parte de mi cotidianidad más intima

Es sencillo: no dar por hecho las cosas, y utilizar la “verdadera confianza”, para hacer lo que con otras personas no hago, ni comparto. Actuar como si cada nueva interacción fuese la primera y ese cambio puede ser muy significativo en mis relaciones.

 

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